Mensajera del destino

─ ¿Diga?

─ ¿Javier?

─ Puede.

─ Soy Isabel.

─ Isabel… ¿qué más?

─ Isabel Orellana, aunque no importa mi apellido porque no me conoces.

─ Bien. ¿Qué se te ofrece?

─ Me gustaría que nos viéramos.

─ Pensaba que ibas a ofrecerme fibra óptica gratis durante tres meses. ¿Para qué quieres que nos veamos?

─ Eso aún no lo sé. O sí… de momento quiero conocerte mejor.

─ Si dices que quieres conocerme mejor entiendo que es porque ya me conoces.

─ De vista. Bueno, en realidad ya te conozco bastante bien. Llevo invertido mucho tiempo y esfuerzo en saber cosas acerca de ti, y cuanto más sé, más me interesas.

─ ¡Interesas! A ver cómo interpretamos ese verbo. De entrada, me hace pensar que quieres conocerme por interés en un sentido literal, aunque desconozco la naturaleza de éste.

─ Sí, interés. Pero no se trata de interés económico ni de nada por el estilo. No, no. Interés en que tu vida y la mía discurran juntas.

─ Pues no es un interés menor. Entenderás que me resulte extraño que una desconocida me llame a media tarde para decirme que quiere conocerme, y además con una propuesta de futuro que no es precisamente superficial.

─ Sin darte cuenta has dado en el clavo. No es superficial sino todo lo contrario. Es… En este momento no me viene a la cabeza ningún antónimo de superficial.

─ Profundo, trascendental…

─ Gracias. Es que estoy un poco nerviosa y me cuesta pensar. No puedes imaginar lo que me ha costado realizar esta llamada. Incluso cuando he oído tu voz he estado a punto de colgar, pero aquí estoy, con el teléfono en mi mano temblorosa y procurando que mi voz no lo sea. Además, me estás obligando a improvisar. Tenía bastante claro qué pensaba decirte, pero sucede lo mismo que en una partida de ajedrez; empiezo a jugar la apertura española, pero con tu réplica hemos pasado a la defensa Caro-Kann y tengo que decidir mis movimientos sin disponer de tiempo para pensar.

─ Mi favorita es la defensa siciliana.

─ Ten cuidado. Esa la conozco a fondo.

─ ¿Y qué atributos me supones para llegar a dar semejante paso?

─ Suponer, pocos. Conocer, muchos.

─ ¿Por ejemplo?

─ Quiero conocer precisamente aquellos atributos que solo te supongo. De los que ya tengo noticia no es necesario.

─ Tal vez te sentirías decepcionada si me conocieras personalmente.

─ Eso es imposible.

─ ¿Por qué estás tan segura?

─ Ya te he dicho que he ido realizando un minucioso trabajo de campo antes de llegar al punto en el que nos encontramos en este momento. Incluso he hecho un especial hincapié en la investigación de tus lados oscuros. Resultado: muchas luces y ninguna sombra.

─ Pues las tengo.

─ No lo dudo, pero el balance entre luz y sombra es deslumbrante. Cegador, diría.

─ Eres una poeta, o poetisa.

─ Tú también.

─ ¿Yo? Nunca lo he sido.

─ Lo eres sin ser consciente de ello.

─ Hablemos de mi aspecto. No tengo pinta de ser un baboso, pero tampoco soy Brad Pitt.

─ Para mí eres mucho más atractivo que él.

─ Oh, gracias. ¿Usas gafas o lentillas?

─ Gafas. Y esa ironía tuya es uno de esos atributos que valoro positivamente.

─ No sé si conoces mi aspecto sólo por fotografías.

─ Te reconocería a cincuenta metros, de espaldas y a contraluz solo por tu manera de caminar.

─ O sea, que me has visto en persona.

─ Y tú a mí.

─ ¿Nos hemos saludado alguna vez?

─ Sí.

─ Me sucede con frecuencia que una persona desconocida me saluda por la calle y yo contesto educadamente sin más, salvo que su cara me resulte familiar pero sea incapaz de ponerle nombre. En ese caso le doy vueltas a la cabeza hasta que consigo averiguar, si es que lo consigo, de qué la conozco.

─ Yo soy de esas a las que has saludado sin plantearte siquiera si se me conocías o no. Al menos eso creo.

─ He ahí tu primera duda.

─ En realidad estoy segura. Tu saludo habría sido diferente si te hubiese resultado familiar mi cara. Aunque por otra parte no soy infalible, a veces dudo. También dudaba Descartes y ha pasado a la historia. No creo que sea nada grave.

─ ¿Qué te hace pensar que estoy dispuesto a quedar con una desconocida?

─ Es una tentación irresistible para un hombre.

─ ¿Y si yo soy una excepción de la norma?

─ De hecho creo que lo eres. Segunda duda. Pero una palabra tuya bastará para empezar a despejar mis dudas acerca de tu personalidad. Disculpa, me ha salido una frase bíblica sin pretenderlo.

─ La consideraremos una frase apócrifa.

─ Exacto.

─ ¿Puedo saber algo más acerca de ti?

─ Me gustaría que lo fueras descubriendo personalmente. De momento te facilitaré unas breves pinceladas. Para empezar, supongo que habrás pensado en la posibilidad de que yo sea una mujer fea a la que no se le acercan los hombres

─ Sinceramente, sí.

─ Sinceridad. Seguimos con tus atributos. Bueno, a lo que íbamos. Sí, resulto atractiva a los hombres. Soy licenciada en física, doy clases de matemáticas en un instituto y vivo sola. De momento es toda la información que pretendo facilitarte por teléfono.

─ No tienes acento catalán.

─ No. Llevo en Cataluña diez años, pero nací en Segovia.

─ Buen cochinillo.

─ Excelente.

─ No sé cuántos hombres hay en el mundo, pero no acabo de entender por qué entre tantos me has elegido a mí para esta… No sé si decir locura.

─ No te he elegido.

─ Pues yo no he sido.

─ Desde luego. El destino es caprichoso.

─ No he notado ninguna señal del destino.

─ Te equivocas. La notaste hace unos minutos cuando sonó el teléfono.

─ ¿Te arrogas la condición de mensajera del destino? La modestia no es la más destacada de tus virtudes.

─ No creas, sí soy una persona modesta. ¿Te digo cosas de las que podríamos disfrutar juntos?

─ Adelante. Estoy impaciente.

─ Rutas gastronómicas.

─ Empezamos bien.

─ Excursiones de montaña.

─ Bien. Sigue, por favor.

─ Presentaciones de libros, conciertos de música clásica…

─ Veo que conoces a fondo mis gustos.

─ Ni te lo imaginas.

─ ¿Qué edad tienes? Disculpa, eso no se le pregunta a una dama.

─ Estás perdonado. Tengo la edad adecuada.

─ ¿Adecuada para qué?

─ Para que formemos un gran equipo.

─ Me estás haciendo dudar.

─ Ese era el objetivo de la primera fase de mi llamada. Ahora pasemos a la segunda.

─ Pareces muy calculadora.

─ Recuerda que me gano la vida dando clases de matemáticas. Dicho esto, ¿cuándo quedamos?

─ Aún estábamos en la fase dubitativa.

─ Ya no. Hemos pasado a la resolutiva.

─ ¿Cómo debo vestir? ¿Elegante o informal?

─ No utilices la disyuntiva elegante o informal: elegante e informal. Puedes ponerte los vaqueros grises, que te quedan muy bien; y esa camisa azul que lleva unos pequeños motivos blancos. Y sácale brillo a tus Martinelli. No soporto unos zapatos sucios. Ah, no te pongas los mocasines, mejor los de punta afilada. Te confieren un aspecto más juvenil.

─ ¿Dónde y cuándo nos vemos?

─ Si quieres, ahora mismo en el Café Mediterráneo.

─ Necesito media hora para ducharme y cambiarme de ropa.

─ Pues en media hora. Ah, y no utilices el perfume de Prada. Es demasiado dulzón. Usa mejor el de Givenchi.

─ Se me ha terminado.

─ Pues no te pongas ninguno. Llevo un frasco en el bolso. Era un regalo de bienvenida, y sigue siéndolo; solo que ahora ha desaparecido el factor sorpresa. ¿Quieres que yo me ponga algún perfume en particular? Tengo una amplia colección.

─ Pues… sí: Trésor de Lancôme. ¿Lo tienes?

─ Sí. Lo tengo. Es más apropiado para la noche pero haré una excepción.

─ Yo no tengo ningún regalo para ti.

─ Sí lo tienes.

─ Te aseguro que no.

─ Tu presencia será el mayor de los regalos para mí.

─ Eso me ha gustado. Me has hecho sentir importante. No por vanidad sino…

─ Entiendo perfectamente lo que quieres decir.

─ Nos vemos ahora, Isabel. Un beso.

─ Un beso.

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