La mantis (cuento de Halloween)

Mi disfraz era muy somero: tan solo unas ropas ajadas y algo de pintura supuestamente terrorífica en el rostro. No sé por qué acepté la invitación. Emma, la anfitriona, era una mujer con la que había mantenido una breve relación años atrás. Me aseguró que conocería gente interesante y que sería una fiesta imposible de olvidar.

Llegué a dudar. Nuestra ruptura había resultado más traumática de lo que cabría esperar tras sólo tres o cuatro meses de, eso sí, intensa y apasionada relación. Emma pasaba de la ira al llanto en cuestión de segundos. En su furia, me echaba en cara todo cuanto le pasaba por la cabeza, buscando que yo me sintiera culpable de algo que, sencillamente, había ocurrido con naturalidad. Consumimos esa relación en poco tiempo porque nos la bebimos en largos sorbos, sin pensar en ningún momento en un futuro en común al que no estábamos destinados.

En cuanto Emma, disfrazada de algo así como una bruja lánguida, me vio entrar, acudió a saludarme con mayor cortesía y afecto que de costumbre. Nuestros últimos encuentros habían consistido únicamente en un frío café (que no un café frío), charlando de trivialidades más propias de personas que apenas se conocen que de quienes han compartido una parte, aunque breve, de sus vidas. Ese día se mostraba particularmente cariñosa, dedicándome esa amplia sonrisa que en otros tiempos me inspiraba ternura y pasión a partes iguales.

Me presentó a varias personas. Víctor, su actual pareja, me pareció un hombre tímido hasta extremos ridículos, y de una candidez que lo convertía sin duda alguna, en un muñeco al que Emma, mujer dominante donde las haya, podía manejar a su antojo.

Raquel, una mujer bellísima y bastante más joven que yo, me fue presentada como su mejor amiga desde la infancia, algo que me resultó extraño dado que jamás la mencionó durante nuestra relación. Fue con ella con quien finalmente me quedé a solas. Y no fue algo casual: Emma mostró en todo momento un interés especial y apenas disimulado en que así fuera.

Nos acercamos a la mesa donde estaban la bebidas y sirvió dos copas: ron con cola, con un solo cubito de hielo y sin limón. Así es como tomo siempre los combinados. Lo sorprendente era que yo no se lo había dicho, pero ella conocía perfectamente mis gustos. Y no sólo en ese sentido, sino que su conversación se basaba en los temas que a mí me resultan más recurrentes e interesantes. Era como si me hubiera estado espiando durante meses y, lo más inquietante, como si lo hubiese hecho leyendo mis más íntimos pensamientos.

Salimos al jardín para poder hablar con mayor tranquilidad, huyendo del volumen excesivo de la música y del murmullo provocado por las voces de los invitados, cuyo número debía superar el medio centenar. Emma nos vio salir, y me lanzó una fugaz pero nada inocente sonrisa. La noche era muy fría, lo que no pareció importarle a Raquel pese a no llevar prendas de abrigo. Tan solo un vestido ligero de seda que se adaptaba a las espectaculares curvas de su silueta, sin que la fina tela del disfraz sirviera para protegerla de la gélida temperatura. A mí no me importó. Soy poco sensible a las temperaturas y suelo pasar los inviernos en mangas de camisa.

Tras dar un sorbo a su copa me besó. Lo hizo pausadamente, recreándose y procurando que el roce de sus labios, aún fríos y húmedos por la bebida, fuese tan sutil como estimulante. A continuación tomó mi mano y me llevó a un lugar más discreto, tras unos árboles. Siguió besándome con la misma delicadeza mientras iba desabrochando los botones de mi camisa. Intenté desnudarla, pero me lo impidió. Cuando hubo terminado de desnudarme a mí fue cuando ella misma se despojó de toda su ropa, salvo del disfraz, que no impedía el acceso a las partes más deseadas de su sinuoso cuerpo.

A partir de ese momento los besos se tornaron apasionados, casi lascivos. Ambos estábamos en un punto de excitación sin retorno. Ella, llevando siempre la iniciativa, me ayudó a tumbarme sobre la hierba húmeda. El escalofrío que sentí no sabría decir si se debió al contacto de mi espalda desnuda con el suelo frío, o si su origen era de una naturaleza distinta. Entonces se puso encima de mí y empezó a mover sus caderas con una cadencia que me hacía enloquecer. Alcanzamos el éxtasis simultáneamente, tras lo cual acercó su boca a mi oído pidiéndome, susurrando, que cerrara los ojos. Obedecí y, a los pocos segundos, noté que el tacto suave de su piel se volvió áspero y desagradable, por lo que instintivamente volví a abrirlos. Ahí seguía, sobre mí, pero su cuerpo ya no era el de una mujer con un disfraz de mantis, sino el de un insecto gigantesco. Una mantis de tamaño humano. Con una voz ronca y apenas inteligible me dijo: “ahora verás lo que hacemos las mantis tras la cópula”.

2 comentarios en “La mantis (cuento de Halloween)

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