Conversaciones con Beethoven

Pronto se cumplirán dos años de mi ingreso en este psiquiátrico. Todos los internos están convencidos de su cordura, lo sé, pero mi caso es distinto, y creo que en breve estaré en condiciones de demostrarlo. Reconozco que romper un Stradivarius de incalculable valor en la cabeza de su propietario, y hacerlo además en un recinto como la Berliner Philharmoniker ante un público selecto, solo podría llevarme a a la prisión o al sanatorio. En su momento entenderán la causa de mi ira. Empecemos por el principio.

—Su hijo es bueno. Es realmente excepcional, y no puede seguir practicando con un piano eléctrico. Necesita uno de cola, ¡y lo necesita ya!

Tenía nueve años cuando mi profesora de piano le dijo esas palabras a mis padres. Por la noche les oí. Mi madre lloraba, y ambos hablaban en voz baja, por lo que no pude entender toda la conversación, pero sí lo suficiente como para tener una idea general de su contenido: querían comprarme el piano de cola, pero con sus sueldos resultaba imposible.

A partir de ese momento mi madre hizo dos cosas. Primero, habló con el director de una escuela de música de la ciudad, y consiguió que me permitieran utilizar un piano de cola para ensayar durante tres horas a la semana sin coste alguno. Una carta de mi profesora ayudó, sin duda, a obtener ese permiso. La segunda, a su trabajo habitual en la limpieza de habitaciones de un hotel por las mañanas, añadió unas horas al día en una gestoría por las tardes.

Reconozco que romper un Stradivarius de incalculable valor en la cabeza de su propietario, y hacerlo además en un recinto como la Berliner Philharmoniker ante un público selecto, solo podría llevarme a a la prisión o al sanatorio.

Apenas había pasado un año desde entonces, cuando vi que mis padres empezaron a cambiar los muebles de sitio, dejando un espacio libre en el salón. Suponía por qué lo hacían, pero ni se lo pregunté ni salió de ellos decirmelo. Fue un sábado por la mañana. Unos hombres subieron a casa y salieron al balcón. Fue necesario utilizar una grúa para subir mi flamante Kawai hasta el tercer piso ya que, lógicamente, no cabía en el ascensor, y el hueco de la escalera tampoco ofrecía el espacio necesario.

—¿A qué esperas para empezar a tocar? —me preguntó impaciente mi madre.

—Deja que lo mire y lo acaricie antes de empezar a tocarlo —fue mi respuesta, que recibió con una tierna y comprensiva sonrisa.

Más tarde, finalizando ya mis estudios de piano, vi anunciado un concierto en el auditorio de la ciudad. El programa incluía la quinta sinfonía de Beethoven, y las oberturas de Coriolano y Egmont, del mismo autor. El nombre del director, Lorin Maazel, me resultaba desconocido, pero mi profesora me explicó que era un excelente violinista y director, una primera figura mundial. Con ella fui al concierto. Un concierto que cambió mi vida.

El director parecía tener una conexión secreta con los profesores de la orquesta. El más mínimo gesto por su parte, la arrastraba a expresarse con una exquisitez indescriptible.

Conocía la quinta sinfonía. Las oberturas no las había oído anteriormente. Coriolano me pareció brillante, como la práctica totalidad de la música orquestal compuesta por el genial sordo de Bonn, pero cuando sonaron los primeros compases de Egmont, supe que desde ese día nada sería igual para mí. Me pareció la obra más emocionante jamás escrita.

—Quiero ser director de orquesta —le dije a mi profesora una vez finalizado el concierto.

—¿Cómo? Si tienes por delante un futuro más que prometedor como pianista. Nunca te lo he dicho con tanta claridad, pero tienes unas cualidades para el piano que muy pocas personas en el mundo poseen. Hazme caso y céntrate en el piano.

—Seguiré con mis estudios de piano, pero después seré director.

Ya no expresaba una voluntad, sino una firme decisión. Nada ni nadie en el mundo podría hacerme cambiar de opinión. Así que finalicé la carrera de piano y empecé a estudiar dirección orquestal. Sobre todo me interesé por estudiar la partitura de Egmont, que siempre repasaba en mis ratos libres. Así detecté, digamos, ciertos problemas.

—Esta escuela te viene pequeña —me dijo un día el Maestro Aguirre, mi profesor de dirección.

—No entiendo qué me quiere decir con eso.

—Pues que necesitas ir a otra en la que formen directores de élite. Te recomiendo que vayas a Boston.

—No me puedo permitir ir a estudiar fuera de España. Bastante sacrificio están haciendo mis padres para que pueda seguir formándome aquí.

—Tienes razón, es caro. Pero te prometo que voy a remover cielo y tierra para que consigas una beca y que puedas hacerlo con un coste muy inferior al normal.

—Gracias. Si lo consiguiera, sería como un sueño para mí.

—No lo hago por ti, aunque también. Lo hago porque el mundo merece tener alguien con tu talento con una batuta en la mano en las mejores salas de concierto del mundo —me dijo con total naturalidad.

No supe qué responder a eso. Había recibido grandes elogios como pianista, pero este superaba con creces cualquiera de los anteriores. Me limité a darle las gracias nuevamente.

Llegué a tener la ocasión, hace unos años, de dirigir como invitado de la Filarmónica de Berlín, con un programa dedicado íntegramente a Beethoven. El problema sobre el que siempre insisto reside en las cuerdas, por lo que aproveché la oportunidad para tratar de conseguir un «Egmont» diferente al frente de una orquesta de ese nivel. Contaba con solucionarlo reuniéndome con el primer concertino y explicándole cómo quería que fueran interpretados esos breves pasajes. Era un hombre unos veinte años mayor que yo, y con un nivel artísitico impresionante, pero se negó rotundamente a cambiar el sentido de la interpretación de esos compases. No sólo se negó, sino que se enfureció ante mi propuesta, con lo que la necesaria colaboración entre director y concertino estuvo ausente desde el primer ensayo hasta el mismo día del concierto. Como muestra de su indignación, no aceptó la mano que le tendí al finalizar el evento, como es costumbre. Y esto lo hizo en una sala como la Berliner Philharmoniker ante unos dos mil cuatrocientos entendidos espectadores. No recuerdo haber sido víctima de una humillación semejante en toda mi vida. Mi reacción, que ya les expliqué con anterioridad, fue lo que me condujo al «hotel» en el que estoy hospedado.

Actualmente, en mi «nueva residencia», aún recibo periódicamente la visita del maestro Aguirre. Judith, mi antigua profesora de piano, también me ha estado visitando con frecuencia, pero ahora su enfermedad, además de su avanzada edad, le impide seguir haciéndolo.

Hace aproximadamente un mes, el maestro Aguirre vino acompañado de un joven, según él, con gran talento musical. Su aspecto me recordaba a alguien, aunque no conseguía averiguar a quién. Su nombre es Luís, y comparte mi pasión por Beethoven en general, y por Egmont en particular. No es precisamente simpático. Es tan altivo como gruñón, pero si no se le lleva la contraria, su trato es razonablemente amable.

Es también director, aunque por el momento solo ha dirigido orquestas de escasa categoría; y desde su primera visita, siempre trae consigo la partitura de Egmont para analizarla conmigo.

Ha detectado, al igual que hice yo y que le comuniqué al Maestro Aguirre, unos errores comunes en todas las formaciones orquestales a la hora de interpretar la partitura. Errores que parece mentira que nadie antes haya descubierto. Karajan, Maazel, Solti… Todos ellos han pasado por alto unos compases que, tal como se interpretan, no están a la altura de la obra. Sé cómo mejorarlos, pero lo último que haría en este mundo sería alterar ni una sola nota en la partitura original. Sí he procurado alterar la interpretación, con lo que he logrado dar un mayor sentido a esos breves pasajes, pero sin llegar a alcanzar plenamente el resultado deseado.

Volvamos a mis encuentros con Luís. Salvo en la visita inicial, siempre ha venido a verme solo, con la partitura dentro de una ajada carpeta. Hemos dedicado muchas horas a hablar esa partitura, Egmont, analizando las partes que tácitamente hemos acordado llamar problemáticas. Puede resultarles sorprendente que dedicáramos tantas horas de conversación a una sola partitura, y que la mayor parte de esas horas girasen en torno a tan solo seis compases de la misma, pero esa es la realidad. Hubo otro aspecto que desde el primer día me había llamado la atención: tenía la sensación de que ocultaba algo. Luís hablaba con gran seguridad y, de repente, al llegar a un punto concreto, titubeaba y no encontraba las palabras exactas. Con el tiempo llegué a preguntárselo directamente y me contestó, visiblemente molesto, que ese era el punto más delicado y en el que había que ser tan cuidadoso como resultara posible. Era un momento de la obra que precede a un gran crescendo.

A Luís, su obsesión por esos compases le había ocasionado grandes problemas y enormes enfados en su incipiente carrera como director. Lo que más le dolía era la injerencia de personas que no eran sino burócratas encargados de las finanzas y de la administración, en el trabajo del director artístico.

Portada UniversosCuando llegó a oídos del maestro Aguirre la contumacia de Luís, no dudó en contactar con él con la intención de, a su vez, ponerle en contacto conmigo, al resultarle curiosa nuestra coincidencia de puntos de vista. En realidad, la prensa se ocupaba más de ambos por nuestra obsesión por Egmont que por la calidad ofrecida en nuestros conciertos. Una conocida revista musical llegó a calificar mi ingreso en el sanatorio como una historia preñada de romanticismo (sic). No se puede ser más imbécil, además de hortera.

La última visita que recibí del maestro Aguirre ha significado lo que considero el hecho más importante de mi vida. Trajo consigo algo que me anunció como un documento de inigualable valor. Efectivamente, lo era.

Un musicólogo alemán le había llamado pidiéndole que fuera a visitarle a Berlín para un asunto de la máxima importancia. Unos días después tuvo lugar una reunión entre ambos en un restaurante. El musicólogo, Gunter Malchow, le explicó que, semanas atrás, un hombre desconocido le había llamado desde Viena diciéndole que disponía de un documento que podría resultarle interesante. Se desplazó hasta la capital austruiaca, donde el hombre le explicó que tras el reciente fallecimiento de su padre, revisando diversos documentos, le resultó extraño ver una partitura antigua, una hoja suelta. Tras consultar unos libros de música de su biblioteca, pudo confirmar que la firma se correspondía con la de Ludwing Van Beethoven, y estaba fechada en 1827, sin especificar el día ni el mes. De ser original, la partitura podría tener un gran valor para los coleccionistas: nada menos que una rectificación de su puño y letra en una de sus obras poco antes de morir (recordemos que Beethoven falleció en marzo de ese mismo año).

El hombre le ofreció una copia a Gunter Malchow, quien le dijo que necesitaba el documento original para poder analizarlo y, de ser auténtico, certificarlo y catalogarlo. El propietario, desconfiado, aceptó entregarle el original a cambio de mantenerlo permanente custodiado. Es decir, allá donde fuera el documento, iría él sin perderlo de vista en ningún momento. Gunter aceptó sus condiciones, y pocas semanas después estuvo en condiciones de certificar su autenticidad. Fue entonces cuando contactó con el maestro Aguirre, quien le preguntó, extrañado, por qué quería entregarle una copia precisamente a él. La respuesta fue rotunda:

—El original será expuesto en un museo. Con esta copia, usted ya sabe perfectamente qué es lo que tiene que hacer.

El profesor Aguirre puso ante mis ojos esa copia del documento. La analicé y observé incrédulo que los cambios llevados a cabo por el autor eran muy similares a los propuestos por mí. Pero mayor fue mi sorpresa cuando vi que coincidían plenamente con los que Luís pretendía introducir, al menos hasta donde puedo deducir, ya que nunca los expuso con total claridad.

En su última visita, Luís abandonó ese tono misterioso con el que me hablaba al llegar a cierto compás, y me explicó con total precisión el sentido de sus objeciones, que coincidían con las que yo había supuesto. Era el momento perfecto para darle la sorpresa. Cuando le mostré la copia del manuscrito y comprobó que la corrección correspondía plenamente con la que él proponía, reaccionó con total indiferencia:

—Ah, claro. Eso es lo sensato —fue todo cuanto se le ocurrió decir.

Dias después, tras una visita del maestro Aguirre, estuve reflexionando acerca de la personalidad de Luís, y quedó resuelto otro misterio que me rondaba por la cabeza: supe por qué su imagen me resultaba tan familiar. Nunca había creído en la reencarnación, pero desde ese día sí que creo sin ningún atisbo de duda. Aunque llevaré este descubrimiento como un secreto que no compartiré con nadie. Si lo dijera, mi salida del sanatorio posiblemente se retrasaría, y eso en el mejor de los casos.

La próxima vez que venga, en vez de Luís, le llamaré Ludwig. Veremos cuál será su reacción.

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3 comentarios en “Conversaciones con Beethoven

  1. Frida

    Creo que la próxima vez Luís se lo tomará como con la partitura, de forma muy pragmática. Quizá el no se dé cuenta, pero en la personalidad de Luís veo mucho del protagonista, es un espejo en el que verse reflejado. Supongo que en un virtuoso siempre hay un toque de locura, grandes dosis de soledad y la consagración a la perfección.

    Un relato con un final sorprendente y muy bien escrito.

    Le gusta a 1 persona

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