¿Cobarde?

Vanessa Rescalvo odiaba a los corruptos.

Tras sonar el despertador, se duchó y tomó un desayuno ligero: tostada con aceite, zumo de naranja envasado y café solo. Solía vestir con elegancia, pero ese día decidió ponerse unos pantalones de camuflaje, una camisa un tanto masculina y unas botas bastas, que finalmente cambió por unas zapatillas de deporte, más ligeras y cómodas.

Se dirigió hacia el armario del salón que tenía cerrado con llave, del que sacó el estuche que buscaba. Lo dejó encima de la mesa de centro y lo abrió. No necesitó engrasar las piezas porque ya lo había hecho la noche anterior, así que montó todas las partes, poniendo especial cuidado en que la mira telescópica estuviera perfectamente ajustada. A continuación fue insertando una a una las veinte balas en el cargador, que introdujo en un bolsillo lateral del pantalón.

Subió a la azotea con el arma en una mano y el estuche en la otra, y se situó en un lugar que ya había previsto con anterioridad. No le gustaba dejar nada al azar. Su edificio era el más alto de la calle, por lo que estaba a salvo de miradas indiscretas. Sacó entonces el cargador y lo ajustó en su lugar, provocando ese sonido tan característico de las armas; tras lo cual tiró de la palanca de montar e introdujo una bala en la recámara. Una vez situada en posición tendida, que tan bien conocía, empezó a apuntar a los transeúntes a través de la mira telescópica en espera de encontrar un corrupto. Su confianza en sí misma era tal que creía innecesaria la utilización de un bípode para estabilizar el arma. En su época de mercenaria se había ganado una merecida fama como francotiradora en diversos conflictos bélicos.

Sería difícil establecer con precisión el tiempo que estuvo en esa posición, aunque debió ser alrededor de una hora, sin encontrar una persona que supusiera un blanco adecuado para su disparo. Pensó que el problema era que un corrupto no tiene ninguna característica particular que delate tal condición.

Suspiró con desánimo. Sacó la bala de la recámara y volvió a introducirla en el cargador, y empezó a desmontar el arma para a continuación guardarla en su estuche y volver a casa.

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Vanessa Rescalvo odiaba a los vagos.

Repitió el ritual del día anterior, con dos únicas excepciones: se puso directamente las zapatillas de deporte, y no introdujo las balas en el cargador, ya que las había dejado puestas tras su primer intento de llevar a cabo lo que consideraba una inexcusable misión.

Volvió a ponerse en la posición tendida, aunque bien podría haberlo hecho en cualquir otra, y volvió a apuntar en busca de potenciales blancos.

Ninguna de las personas que veía reunía las características necesarias para determinar que era un vago. Había amas de casa haciendo la compra; padres, madres, abuelos y abuelas que llevaban a los niños al colegio; repartidores de mercancías que dejaban sus vehículos en doble fila al estar ocupadas las plazas de estacionamiento reservadas para carga y descarga, así como otras personas cuyo motivo de estar andando por la calle resultaba difícil de establecer.

Volvió a estar en esa situación un tiempo similar al que había empleado en la jornada anterior, y con el mismo resultado.

Suspiró con desánimo. Sacó la bala de la recámara y volvió a introducirla en el cargador, y empezó a desmontar el arma para a continuación guardarla en su estuche y volver a casa.

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Vanessa Rescalvo odiaba a los fascistas.

Repitió el ritual del día anterior, poniéndose nuevamente en la posición tendida, aunque bien podría haberlo hecho en cualquir otra, como ya es sabido, y volvió a apuntar en busca de potenciales blancos.

La paciencia es una cualidad de gran importancia para un francotirador, y a Vanessa no le faltaba. Ese día estuvo aún más tiempo esperando encontrar el blanco idóneo contra el que disparar, pero tampoco tuvo éxito.

La forma de vestir de los transeúntes no delataba a ninguno de ellos como fascista, aunque tal vez alguno lo fuera.

Suspiró con desánimo. Sacó la bala de la recámara y volvió a introducirla en el cargador, y empezó a desmontar el arma para a continuación guardarla en su estuche y volver a casa.

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Vanessa Rescalvo odiaba a los cobardes.

Repitió el ritual del día anterior, poniéndose nuevamente en la posición tendida, aunque bien podría haberlo hecho en cualquir otra, como ya es sabido, y volvió a apuntar en busca de potenciales blancos.

Su confianza en encontrar un objetivo idóneo era mayor que los días anteriores, ya que consideraba que podría distinguir a un cobarde a esa distancia sin problema alguno. El porqué de tal consideración, es algo que nunca sabremos.

Entonces ocurrió algo inesperado: vio como un dron se acercaba hacia su posición, por lo que, precipitadamente, suspiró con desánimo y dejó el arma en el suelo tapándola con su chaqueta. La suerte le había sonreído, ya que era el primer día que se había puesto esa prenda de abrigo como consecuencia de un brusco descenso de la temperatura. Sabía que la ley prohibe volar drones en zonas urbanas, pero descartó la idea de que fuese la policía quien lo utilizara a fin de localizarla. Prefirió pensar que se trataba de un particular a quien no le importaba infringir las normas. Afortunadamente para ella, tal era el caso.

Cuando el dron se hubo alejado, sacó la bala de la recámara y volvió a introducirla en el cargador, y empezó a desmontar el arma para a continuación guardarla en su estuche y volver a casa.

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Vanessa Rescalvo odiaba a los transexuales.

Repitió el ritual de los días anteriores sólo en cuanto a la ducha y al desayuno.

Abrió el armario del dormitorio y eligió un vestido para la ocasión: uno azul marino con escote palabra de honor, y una falda lo suficientemente corta para resultar sexy y lo suficientemente larga para resultar elegante. Se calzó unos Manolo Blahnik con diez centímetros de tacón y se puso unas gotas de Chanel número 5. Acto seguido abrió una botella de Dom Perignon de la que se sirvió una copa. La saboreó lentamente y se sirvió una más, para a continuación lanzarla hacia atrás como había oído que era costumbre en Rusia.

Pensó que, odiando a los corruptos, a los vagos, a los fascistas, a los cobardes y a los transexuales, podría llevar a cabo su plan mediante una única acción.

Roberto Rescalvo (como aún constaba en su documento de identidad), introdujo el cargador, aunque esta vez el sonido, ese conocido «clic», le hizo estremecerse.

Se tumbó en el sofá e introdujo el cañón del arma en su boca. Durante unos segundos mantuvo el dedo pulgar fuera del guardamonte. Pensaba que al menos de una de las cosas que odiaba saldría triunfadora: de la cobardía. Consideró que su último acto lo sería de valentía. Si tal consideración era correcta, es algo que deberá determinar el lector.

Un sonido seco y potente dio fin al cumplimiento de la misión.

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