El retorno del mito

Fotografía de portada: Anna Shvets para Pexels

Se suele atribuir a Tales de Mileto la transición del pensamiento mitológico al pensamiento racional, unos 27 siglos atrás. Hasta entonces, la explicación de cualquier fenónemo se buscaba en los relatos míticos en los que los dioses regían los destinos del hombre, con frecuencia mostando su furia. Ese punto de inflexión fue, simplificando, el origen del pensamiento filosófico-científico (la separación de la ciencia y la filosofía es posterior y paulatina), y nos ha llevado hasta el conocimiento, aunque imperfecto, de buena parte de los fenómenos que suceden a nuestro alrededor.

Con la reciente erupción del volcán en la isla de La Palma, hemos visto tanto en las redes sociales como incluso en la prensa razonamientos del tipo «maltratamos a la Tierra y ésta nos recuerda su poderío».

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Clive Kim para Pexels

En primer lugar, pensar que para la Tierra el ser humano es tan importante supone un ejercicio de soberbia que causa vergüenza. Abrir un debate acerca de si, por ejemplo, las emisiones de CO2 provocan cambios no deseables es perfectamente lógico y su estudio es materia de la ciencia, que deberá establecer su alcance, es decir, el diagnóstico y el tratamiento, lo más alejado posible de las ideologías (cualesquiera), siempre tan dispuestas a meter sus sucias manazas en cualquier asunto con la intención de obtener algún tipo de rédito.

Pensar que la erupción de un volcán, hecho que lleva produciéndose millones de años, es un «aviso» de la Madre Tierra para advertirnos que la estamos maltratando y mostrarnos su poderío, resulta, además de acientífico e irracional, de una candidez sonrojante. La Tierra no es estática (casi nada lo es), y está en constante movimiento. Es materia de la geología el análisis de dichos movimientos y sus tendencias; aunque poco o nada puede hacerse para frenar las fuerzas de la Naturaleza.

Considerar La Tierra como un ente capaz de castigar a los humanos por sus fechorías supone un retorno al pensamiento mitológico, un neopanteísmo de taberna forjado por mentes que descuidan la función principal de éstas, que no es sino pensar. Una fe sin Dios conocido que cree que la mano del hombre puede alterar los principios de la física en un planeta insignificante que se encuentra en una galaxia insignificante y en el cual lo más insignificante somos precisamente sus habitantes presuntamente racionales.

Si lo que se pretende es desandar el camino andado en una civilización forjada durante unos 30 siglos, con sus grandezas y sus miserias (que también las ha habido, las hay e inexorablemente las habrá), entonces nos encontramos en la senda correcta. Si, por el contrario, creemos en una idea de progreso racional, científico y humanista, tal vez nos deberíamos empezar a plantear seriamente muchas cosas. Ninguna persona sensata duda que tal avance deba llevarse a cabo desde una perspectiva que ayude a conservar el planeta en las mejores condiciones posibles, aunque sin perder de vista que para éste los humanos somos tan indiferentes como cualquier otra especie animal, vegetal o mineral. Atribuirle a la Tierra una voluntad de acción, o la potestad de sancionar a quienes incumplan ciertas normas, son ideas opuestas al acercamiento a la verdad (si acaso tal cosa existe) que suponen la merma del pensamiento racional con todas sus consecuencias, y que se aproximan más a ese término tan falaz como de moda al que llamamos «posverdad».

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